Domesticación ¿Cómo se transformaron las especies para hacerse cultivables?

La agricultura surgió porque los seres humanos fueron capaces de cambiar algunas especies silvestres de plantas y animales para adaptarlas a sus necesidades. Esos cambios fueron tan grandes, que muchas de estas especies no sobrevivirían en la naturaleza sin los cuidados de los agricultores. A lo largo de una serie de artículos, 1 por mes, contaremos qué técnicas ha usado y está usando la humanidad para mejorar nuestros cultivos. En esta primer entrega: la domesticación.

Domesticación de plantas. Un proceso de coevolución

La domesticación de las plantas es un proceso coevolutivo. Los grupos de cazadores y recolectores que habitaron la tierra hace 12 mil años comenzaron a “favorecer” ciertas especies de plantas que le servían para alimentación, vestimenta, construcciones, etc. Esta selección no fue una “selección consciente”, sino que más bien se produjo por un intenso uso o consumo de ciertas especies, al cual las plantas respondieron adaptándose para que sus semillas fueran dispersadas por los humanos en lugar de animales, el viento o el agua. Así se seleccionaron y mantuvieron plantas con frutos de mejor sabor y con menos contenido de sustancias tóxicas, maduración uniforme y granos más grandes entre otras características. 

Paralelamente, la domesticación de plantas dio origen a la agricultura y con ella a la formación de comunidades y a la invención de técnicas y herramientas. Es decir, el cambio o la transformación fue en ambas vías: plantas y humanos y por eso se denomina coevolución.

Las especies domesticadas se vuelven totalmente dependientes de los cuidados de los agricultores porque al haberse adaptado a condiciones uniformes de cultivo perdieron los atributos que le permitían la supervivencia en la naturaleza como la dispersión de semillas (dehiscencia) o generación de compuestos tóxicos para evitar la predación.

En la actualidad podemos encontrarnos con especies en distintas etapas de la domesticación como la chía o la quinoa, por ejemplo.

Las semillas, una de las claves de la domesticación

La estrategia de supervivencia de las plantas es producir y dispersar la mayor cantidad de semillas para dejar descendencia que perpetúe la especie. Es por eso por lo que la mayoría de las plantas silvestres abren sus frutos al madurar para que las semillas sean transportadas por el viento, el agua o los animales y puedan germinar lejos de la planta madre o producen frutos pequeños, más fáciles de transportar. Esas características se perdieron en las plantas domesticadas, porque no son atractivas ni para la agricultura ni el consumo.

Frutales

Los frutos carnosos, como la manzana, el durazno o la pera, son adaptaciones evolutivas de las plantas silvestres para que sus semillas sean dispersadas por animales, especialmente el humano. Las características predominantes de la domesticación de estas especies están asociadas al aumento en el número de semillas o tamaño de los carozos, el tejido carnoso (pericarpio) y la concentración de azúcares. Frutos de estas características son atractivos para los “consumidores” y así la especie se asegura su supervivencia al dispersar las semillas a través de ellos. 

Los frutos grandes coevolucionaron con los mamíferos y el ser humano es el mamífero más ubicuo en el planeta.

Cereales

Los estómagos de los rumiantes sirven para procesar la cubierta protectora de semillas pequeñas y así facilitar su germinación cuando son eliminadas por las heces. Así, la mayoría de los cereales y pseudocereales (como la quinoa) silvestres aseguraban su supervivencia. La intervención de los humanos con la innovación de la siembra condujo al aumento en el tamaño de las semillas como respuesta a la competencia entre “hermanos” en los campos cultivados y a la disminución en el grosor de la cubierta de la semilla (pérdida de latencia) ya que las condiciones de germinación eran apropiadas en el momento de cultivo y la planta no necesitaba gastar energía para mantenerla. 

La pérdida de la latencia es una característica típica de la domesticación y está determinada por el paso de una dispersión de semillas silvestre a una antropogénica.

La selección produce cambios y los cambios, evolución

A la par del crecimiento de la población, las prácticas humanas se volvieron más complejas y así aumentaron la “presión de selección” a los otros seres vivos que los rodeaban, acelerando el proceso evolutivo. Los organismos tenían que adaptarse para sobrevivir y así un puñado de plantas logró una reproducción rápida (hoy las llamamos plantas anuales) y otras características que le otorgaron una simbiosis más beneficiosa con los humanos. Gran parte de los alimentos que hoy consumimos provienen de plantas anuales: cereales, legumbres y hortalizas entre otras.


¿De dónde vienen?

Las especies cultivadas más importantes para la humanidad fueron domesticadas en sitios específicos del planeta y de allí migraron hacia otras latitudes. Se reconocen cinco centros de domesticación:

Medio Oriente. Donde se domesticaron el trigo, la cebada, el garbanzo y las lentejas
Asia e India. Centro de domesticación del arroz, la soja, el durazno, las naranjas y las limas. También el pepino, la berenjena, la banana, la nuez moscada y el mango
África. De este centro surgieron el sorgo, el mijo, el café, el melón y la sandía
Mesoamérica fue el punto de domesticación del maíz, los frijoles, la calabaza, la batata, el pimiento, el tomate y la palta
Sudamérica. Fundamentalmente en la zona andina se domesticaron la papa, el maní y la yerba mate